Es una enfermedad que va creciendo; es un cáncer que tenemos que radicar y tomar conciencia que si hoy tenemos la calidad de vida que tenemos es porque cada uno de nosotros trabaja, brinda algún servicio para el prójimo y por ello recibe una paga.
Los adictos al ocio, mientras mueven las maquinarias, llenar formularios, atienden teléfonos o salen con su sonrisa a vender un nuevo dispositivo para las pajarerías, están oscuramente pensando en no hacer nada y la peor tentación, al menos para los comerciales, son los bares.
“Uno entra a esos bares de pueblos y siempre los vas a encontrar, con sus corbatas, sus camisas muy blancas pero gastadas, tomando un cafe, dejando que el tiempo pase sin hacer nada.” me dijo una vez un adicto al trabajo, en referencia a esta gente ociosa.
Son muy tramposos, solo piensan en dejar de trabajar. Estudian las leyes de la seguridad social, de las bajas por discapacidad, accidentes laborales, buscando un resquicio, un fallo para lograr escapar del trabajo.
A este ritmo, serán muy pocos los que trabajen, y con ello las cajas de seguridad social no podrán sostener a los retirados, los hospitales colapsaran y por supuesto tampoco habrá dinero para las balas y los sueldos de los policías. Pequeño detalle: ¿Quién pagará los sueldos de los profesores?
Los adictos al ocio, son una plaga, una epidemia que si la dejamos crecer, destruirá las bases mismas de nuestra civilización.